¡ALGO POR LOS NIÑOS!1

En Valparaíso es una verdadera bandada la turba de pequeños mendigos que pululan por calles y plazas, a la puerta de los almacenes y a la salida de los teatros, como gorriones hambrientos que picotean las migajas de un pan.

Todas las medidas de policía han sido impotentes contra la tenacidad inconsciente y sufrida de esos niños desnudos. El temor inicial que produce la comisaría en los que viven del robo les es desconocido. Muchos de ellos roban. Roban un pañuelo, un bastón, un portamonedas si se ofrece la ocasión, con la inconsciencia de un chico que roba las gafas al maestro y con la misma falta de discernimiento de la urraca que prefiere el oropel de una hebilla a la corteza parda del grano de avena. La policía ha podido sofocar las huelgas. Ante las líneas de caballería erizadas de lanzas, la muchedumbre del pueblo —ese monstruo complejo y terrible— recula, huye, se desvanece, escarmienta… Ante esas mismas líneas, los pilletes hacen cabriolas, evitan el choque en el hueco de las puertas o trepando como monos por los barrotes de las ventanas, y pasada la carga se rehacen, se animan, lanzan las piedras más certeras y no escarmientan jamás. El castigo no les toca; la prisión los abriga; son impalpables como el aire, pican como la avispa, zumban como el mosquito, huyen como el gamo, duermen como las golondrinas, se alimentan como ellas, y mueren, en fin, una tarde cualquiera, como flores efímeras, y nadie los llora, ni un cirio los vela, ni una mala mortaja envuelve sus cuerpos diminutos cuando ruedan como una piedrecilla a una fosa común de Playa Ancha2

¡Pobrecitos!

Yo siento una angustia llena de amargura y de duda cuando me pregunto por qué ley soberana, inicua e incomprensible, vienen al mundo esos seres pálidos, enclenques, defectuosos o sucios…

¿De qué unión salieron, viciosa o casual, clandestina o adúltera? Sus padres son los pilares de los atrios, los arcos de los puentes, los pescantes de los muelles… ¿De qué leche se nutrieron, enfermiza y escasa? Su comida es un puñado de pasas, un pan dulce, una empanada3; siempre una golosina, jamás un alimento perfecto… Y sobre todo ¿qué misión, qué papel les está reservado en la gran lucha de la vida a esos seres absolutamente inermes por lo moral y por lo físico, que sólo saben mendigar y sufrir, hasta que los grandes engranajes del formidable mecanismo social los trituren entre sus dientes de acero?…

Comprendo que si el Estado o la filantropía4 los tomase bajo su protección, los lavara y los nutriera, instruyéndolos y moralizándolos, lograría hacer de muchos de ellos hombres útiles y buenos, de un temple extraordinario por lo mismo que habría sido forjado en el dolor.

Pero, en primer lugar, ellos mismos rehúyen esos servicios, y con un orgullo instintivo de pequeñas fierecillas, prefieren casi todos la libertad en el arroyo, en el hambre y en el vicio, a la comodidad en el orden, en la reglamentación y la frialdad de los bancos escolares; en segundo lugar, la caridad pública del día, montada como una máquina rotativa, es poco propia para inspirarles otros sentimientos: le falta amor, le falta corazón y ternura, aunque les sobrara dinero, lujo de instalaciones y admirables estadísticas; y en tercer lugar, aún cuando las circunstancias anteriores no existieran, queda siempre un saldo de incurables, una masa de niños atávicamente depravados que irán a dar al fango aunque se les amamante entre batistas. Estos son los cachorros del crimen, del alcoholismo o de la lujuria. En los huesos y en la sangre tienen la predestinación…

La dificultad mayor de este problema estriba en distinguirlos de los otros. Aceptar la teoría lombrosiana5 sería cruelmente peligrosa. ¡Cuántas y cuántas protuberancias o deformaciones de esos cráneos de chorlito no se deben a los golpes de una madre o la dureza de la piedra de zócalo que les sirvió de almohada! Para conocerles sería preciso pasarlos a todos por el tamiz de la escuela primero6 y después por el del aprendizaje de un oficio. Es humanamente imposible que el malo pase por uno ni por otro.

Esa escoria iría dentro de poco, por las vías numerosas del Código Penal, a incrementar la población de las cárceles y de los asilos; pero, en cambio, aquella savia vendría a robustecer rápidamente el organismo social hoy empobrecido, y a aumentar la animación de los talleres.

Muy poco o nada se hace hoy día en Valparaíso en pro de esta selección tan necesaria. Las sociedades de beneficencia que no obedecen a un principio sectario, apenas bastan para atender a una proporción insignificante de la turba increíble de pequeñuelos que pululan por calles y plazas, a la puerta de las oficinas y a la salida de los teatros —ya lo hemos dicho—, como bandadas de gorriones picoteando las migajas de un pan…

Repetimos que las medidas de policía, aunque se tomaran y se cumplieran estrictamente, lo que no sucede, a la larga resultan impotentes. Es necesario fomentar los asilos en que esos desgraciados puedan encontrar abrigo, pan y enseñanzas. Es necesario fundarlos y mantenerlos… y no a gran costo, porque un hábil solucionador del problema podría tal vez encontrar el medio de que los mismos niños se pagaran su casa. Bien empleada toda la energía que se consume hoy en tender la mano a los transeúntes y desprender cadenas en los meetings, sería capaz de muchas cosas. Es una regla de física…      

 

1 Publicada el 29 de abril de 1904, en El Heraldo, con el seudónimo de Enjolras.

2 El Cementerio Público n° 3 de Playa Ancha era el lugar de descanso final de las clases obreras y pobres.

3 Una alimentación que refiere a la sociabilidad popular, a la práctica de vendedores informales de comida.

4 Entonces no se había desarrollado una institucionalidad ligada al cuidado de niños sin padres responsables, que hoy los recluye de nuestros ojos: la ficción aséptica del Estado y la modernidad.

5 Cesare Lombroso diseñó una teoría del crimen según prototipos y determinantes físicos y biológicos.

6 La escuela no era un lugar de confort, que digamos. Acerca de un profesor pegándole a un alumno: “Esto, desgraciadamente, se repite más a menudo de lo que debiera; eso sí que la prensa muchas veces calla, ó porque no se le presentan pruebas fehacientes, ó por no dar la nota alta sin esperar antes el remordimiento del autor que lo haga variar de conducta”, Sucesos, Valparaíso, año 1, número 16.